Nuestra Señora de los Dolores de Manare

Santuario Paz de Ariporo – Casanare

Llegué al pueblo antes de que amaneciera, huyendo del ruido de la ciudad y buscando una respuesta que ninguna calle pavimentada me había sabido dar.

A las cinco y media de la mañana, la luz sobre la sabana entra casi en horizontal y golpea de lleno la tapia que bordea la entrada hacia el casco viejo. Es un muro largo de barro y cal, gastado por los inviernos, que resguarda el patio de alguna casa antigua. Tiene canjilones en el tejado para evacuar los aguaceros feroces de mayo y ramales de trinitarias rojas desbordándose por encima del borde.

Al pasar por allí por centésima vez, me detuve. Permanecí inmóvil durante un instante, con la certeza contenida de haber habitado ya ese mismo espacio. Conocía esa esquina de la misma forma en que se reconoce la penumbra de la propia habitación a medianoche.

Tardé apenas un segundo en ubicar el recuerdo. Paz de Ariporo. Mi infancia.

Había una tapia idéntica en el callejón que conducía al portón de mis abuelos. Cal viva secada al sol, más alta que esta, y detrás un solar de tierra suelta con un buey echado a la sombra de un matapalos y el silencio denso de la madrugada.

Comprendí entonces que la memoria no necesita mapas para volver al origen. Basta un muro de cal y la luz exacta de la mañana para saber que uno nunca se ha ido del todo.

A los quince años me obsesioné con el estudio del francés. Albergaba la fantasía constante de viajar a París, sentarme a la mesa de un café a leer a Camus y lograr que alguien me confundiera con Françoise Hardy o Brigitte Bardot. Le dediqué jornadas enteras a memorizar verbos irregulares y a repasar listas interminables de vocabulario.

Fue un esfuerzo continuo, pero mantuve la disciplina. El verano previo a iniciar el penúltimo año de bachillerato logré viajar sin compañía a Francia para instalarme con una familia en el Valle del Loira y pulir mi dominio del idioma. Visité París, subí hasta Montmartre y me senté en la Place du Tertre entre dibujantes y turistas, contemplando a los pintores mientras apuraba un café desabrido con los pocos francos que me quedaban en el bolsillo. Ocupé también una silla en la primera fila del Moulin Rouge y bebí una botella de champán antes de la edad legal.

La distancia entre el café desabrido de Montmartre y la cal caliente de Paz de Ariporo no la mide la geografía, sino el deseo de permanencia. En París busqué una identidad prestada en las páginas de Camus y en la elegancia ajena de la rive gauche, mientras en la sabana la historia propia se desmoronaba bajo el monte sin que nadie escribiera sobre ella.

Esa luz horizontal sobre la tapia de barro de mi infancia regresa porque la memoria exige cuentas. El muro gastado de los abuelos, la sombra del matapalos y la tierra suelta son el último refugio de un mundo desplazado. La Violencia redujo a cenizas el santuario original de Manare, consumió los archivos y dejó los pueblos fundacionales a merced de la maleza. Los sobrevivientes marcharon con lo único que el fuego no pudo incinerar: la fe en su Patrona y la dignidad del éxodo.

Recordar París a los quince años yevocar Paz de Ariporo en la madurez responde a una misma búsqueda: el intento de anclar lo intangible. Mientras las ruinas coloniales permanecen sepultadas en la sabana, la Virgen de Manare sigue en pie como la única estructura indestructible de Casanare. Este homenaje escrito busca devolverle el suelo a la fe; rescatar de las cenizas la geografía perdida y convertir la palabra en el territorio definitivo donde el origen jamás se olvida.


Debemos entender por qué aparece en escena nuestra Virgencita

El escenario previo: ¿Quiénes estuvieron antes que los jesuitas?

Antes del arribo jesuita en el siglo XVII, el proceso de evangelización y control territorial en la Nueva Granada estuvo a cargo de las órdenes mendicantes y del clero secular.

  • Dominicos, Franciscanos y Agustinos: Llegaron durante el siglo XVI y asumieron la doctrina en las zonas de mayor densidad poblacional indígena (altiplano cundiboyacense, Popayán y la costa Caribe).
  • Las primeras incursiones en el piedemonte:
    • En Casanare, sacerdotes seculares y frailes dominicos mantuvieron algunos contactos esporádicos en el siglo XVI desde Tunja, pero carecían de una estructura económica sostenida.
    • Los misioneros Agustinos Recoletos y Agustinos Calzados tuvieron una presencia temprana en zonas como San José de Chire, pero sus misiones colapsaron frecuentemente debido a la dispersión de los pueblos seminómadas y las duras condiciones climáticas.

Jesuitas ¿Quiénes eran, por qué y cómo vinieron?

  • Quiénes eran: La Compañía de Jesús (Societas Iesu), fundada por Ignacio de Loyola en 1540, era una orden caracterizada por su férrea disciplina, su voto de obediencia directa al Papa y una elevada formación académica y organizativa en el marco de la Contrarreforma europea.
  • Por qué decidieron venir: La Corona española (bajo el sistema del Patronato Regio) y las autoridades locales de Santafé de Bogotá solicitaron su presencia para dos tareas prioritarias: la educación de las élites criollas mediante colegios y universidades, y la pacificación e integración económica de las fronteras alejadas.
  • Cómo vinieron:
    • Primeras gestiones (1598-1602): El cabildo de Santafé de Bogotá y el arzobispo Bartolomé Lobo Guerrero gestionaron ante el Rey Felipe III la llegada de los jesuitas.
    • Arribo a la Nueva Granada (1604): En septiembre de 1604 desembarcaron en Cartagena de Indias y posteriormente remontaron el río Magdalena hasta Santafé. Encabezaba la misión el padre Ignacio de Tolosa, acompañado por un grupo selecto de sacerdotes españoles e italianos.
  • A qué vinieron:
    1. Fundar el Colegio Mayor de San Bartolomé (1604) y la Pontificia Universidad Javeriana (1623) en Santafé.
    2. Implementar un modelo misional propio en zonas marginales fuera del control colonial efectivo (Orinoquia, Amazonia y Maynas).

ENTRADA DE LOS JESUITAS A CASANARE

A diferencia de las órdenes mendicantes, los jesuitas no concibieron la evangelización como una simple predicación espiritual, sino como la creación de un sistema socioeconómico autosuficiente.

  • Los pioneros en la frontera llanera (1625-1659):
    • Sacerdotes como el padre Pedro de Mercado y el padre José Dadey exploraron las rutas desde Tunja hacia el piedemonte.
    • En 1628 establecieron los primeros contactos con las etnias Achagua, Sáliva y Tunedos (U’wa) en las cuencas de los ríos Casanare, Cravo Sur y Meta.
  • Metodología de las «Reducciones»:
    • Para evangelizar, los jesuitas necesitaban sedentarizar a los grupos indígenas dispersos. Crearon reducciones o pueblos de misión (como Macaguane, San José de Chire, Pauto y Tame).
    • En estos poblados enseñaron oficios, alfarería, música sacra y agricultura intensiva, sustituyendo el nomadismo estacional por un modelo comunitario bajo la supervisión del cura misionero.

El imperio económico jesuita en Casanare: Las Haciendas

El rasgo más distintivo de la presencia jesuita en Casanare fue la creación de un complejo agropecuario que autofinanciaba las misiones y los colegios de la orden en Santafé y Tunja.

  • La Hacienda Caribabare: Fundada a mediados del siglo XVII entre los ríos Casanare y Ariporo, se convirtió en la hacienda ganadera más grande de la Nueva Granada. Llegó a albergar más de 50.000 cabezas de ganado vacuno, además de caballos y mulas.
  • Estructura productiva:
    • Ganadería extensiva: La cría de ganado bovino abastecía de carne, cuero y sebo a los mercados del interior del reino.
    • Integración comercial: Los hatos de Casanare abastecían las carnicerías de Tunja y Santafé, generando dividendos moneda en efectivo para la provincia jesuita.
    • Cacao, miel y textiles: Producidos en las misiones para el comercio interregional.

El origen europeo: La talla en madera de la Virgen de los Dolores fue traída directamente desde España en el año 1712 por el célebre padre jesuita José Gumilla (autor de El Orinoco ilustrado y defendido), quien la embarcó hacia el Nuevo Reino de Granada como parte de los objetos destinados al embellecimiento y la evangelización de las misiones de frontera.

El primer destino (Betoyes): El primer lugar a donde la llevaron fue la Misión de Betoyes (ubicada en el actual territorio de Arauca), donde los jesuitas congregaban a las comunidades indígenas para la doctrina.

El traslado a Manare: Tras un incendio y los ataques que destruyeron o afectaron severamente el asentamiento de Betoyes, la efigie fue rescatada y trasladada a la Misión de Manare (en la jurisdicción del actual Casanare), que en esa época funcionaba como un punto estratégico de colonización y doctrina espiritual en la sabana. En ese santuario colonial permaneció durante los siglos XVIII y XIX, convirtiéndose en el centro indiscutible de peregrinación para los llaneros.

El éxodo final a Paz de Ariporo: Después de que los incendios provocados durante el periodo de La Violencia (1948-1953) redujeran a cenizas el poblado y el templo de Manare, los sobrevivientes hurgaron entre los escombros y rescataron la efigie semicarbonizada. Con ella a cuestas, la caravana de desplazados emprendió la marcha por la sabana hasta llegar a Paz de Ariporo, sitio donde levantaron un nuevo altar que hoy la consagra oficialmente como la Patrona de los Casanareños

Debes saber que este es un testimonio histórico de dos personas que vivieron aquella época y fueron testigos. Ella tenía casi 14 años y él casi 17, porque los hechos ocurrieron después de la fundación de Paz de Ariporo.

¿Quieres leer este artículo?

El rescate de la Virgen de Manare.

Es un fragmento de mi novela: El perdón a las ánimas. El testimonio es contado por Berta Páez de Flórez y por José Gregorio Flórez Abril, oriundos de Moreno y fundadores de Paz de Ariporo.

JOSE FLOREZ fue parte de la comisión que rescató la Virgen desde Manare y la llevó a Paz de Ariporo.

La Virgen estuvo escondida en la casa de su madre, Angelina Abril, viuda de Flórez.

El fin de la era jesuita: La Expulsión de 1767

El proyecto jesuita en Casanare terminó abruptamente por decisiones políticas tomadas en Europa.

  • La Pragmática Sanción (1767): El rey Carlos III de España ordenó la expulsión de la Compañía de Jesús de todos los territorios del Imperio español. Se les acusaba de constituir un «Estado dentro del Estado» y de conspirar contra la Corona.
  • Consecuencias en Casanare:
    • Abandono y saqueo: Las haciendas como Caribabare pasaron a la administración de la Junta de Temporalidades, pero la mala gestión estatal provocó el colapso de la producción.
    • Cimarronera: Miles de cabezas de ganado quedaron libres por la sabana, dando origen a la abundancia de ganado cimarrón que alimentaría la economía llanera del siglo XVIII y las tropa patriotas durante la Independencia.
    • Dispersión indígena: Muchas reducciones se desintegraron y la población indígena regresó a la sabana abierta o se asimiló al peonaje de los hatos.

Referencias

Mercado, Pedro de, S.J. (1684): Historia de la Provincia del Nuevo Reino y Quito de la Compañía de Jesús. (Fuente primaria escrita por uno de los jesuitas de la época).

Gumilla, José, S.J. (1741): El Orinoco ilustrado y defendido. (Crónica fundamental sobre las costumbres indígenas, la geografía y el sistema misional en la Orinoquia).

Cassani, José, S.J. (1741): Historia de la provincia de la Compañía de Jesús del Nuevo Reino de Granada.

Pacheco, Juan Manuel, S.J. (1959-1989): Los Jesuitas en Colombia (3 volúmenes). (La obra historiográfica académica más rigurosa sobre la orden en el país).

Rausch, Jane M. (1994): La frontera de los Llanos en la historia de Colombia (1531-1831). (Estudio analítico sobre el impacto económico y social del sistema de haciendas jesuitas en Casanare).

Flórez Páez, Diana Claudine (Autora). Registros oficiales de propiedad intelectual y depósito legal ante la Dirección Nacional de Derecho de Autor (DNDA) y la Cámara Colombiana del Libro para obras literarias y manuales profesionales, incluyendo El perdón a las Ánimas (obra galardonada con la medalla al mérito Juan Nepomuceno Moreno) y Manual de procedimientos para la práctica de la fonoaudiología en Colombia.