Mucho antes de la cartografía europea, este vasto horizonte comprendía un espacio vital de transición entre las alturas andinas y las selvas de la cuenca amazónica. La tierra carecía de fronteras formales o poderes centralizados. Se articulaba mediante redes de sabanas y galerías forestales donde diversas comunidades marcaban el ritmo de la vida. Aquellos primeros pobladores descifraban la crecida y el estiaje del Orinoco con precisión milimétrica, transformando el agua en su principal aliada.

En las zonas ribereñas dominaban los Achaguas de la familia Arawak. Maestros de la navegación y la agricultura, cultivaban yuca amarga, maíz y batata en los suelos fértiles de los ríos. Más cerca de los grandes raudales, etnias de filiación Caribe como los Sálivas y Chiricoas defendían sus rutas estratégicas con destreza bélica. En los interfluvios y la sabana abierta, los antepasados Sikuani mantenían un nomadismo estacional, desplazándose al ritmo de la caza y la recolección. Mientras tanto, en el piedemonte, los Muiscas del altiplano mantenían presencia constante para asegurar la entrada hacia las tierras bajas.

El comercio articulaba la región con el exterior. La moneda local, la quiripa, consistía en sartas pulidas de conchas de caracol terrestre (Plekocheilus). Mediante este sistema, los llaneros despachaban yuca, pescado seco, plumas, venados, achiote y curare hacia los Andes. A cambio, recibían bloques de sal, mantas de algodón tejido y esmeraldas.

La fauna habitaba la sabana en equilibrio con el manejo humano. Rebaños de chigüiros y venados compartían el territorio con jaguares, dantas, ocelotes y morrocoyes. En los ríos nadaban toninas y caimanes del Orinoco bajo el vuelo de miles de garzas. Los pobladores aplicaban quemas agrícolas controladas sobre el pasto seco, renaciendo el verde de la tierra para atraer presas y despejar caminos. El testimonio de aquel mundo permanece en crónicas de Indias como las de Fray Pedro de Aguado, Fray Pedro Simón y Joseph Gumilla en El Orinoco ilustrado. También subsiste en los diarios de los exploradores Jorge de Espira y Nicolás de Federmann desde 1530. Sobre el terreno, la evidencia física perdura en vestigios arqueológicos: antiguos camellones de cultivo, petroglifos grabados en piedra y fragmentos cerámicos sepultados en las cuencas del Meta, el Casanare y el Vichada.

El chigüiro no fue traído de ningún otro continente ni llevado al Llano por colonizadores o expedicionarios. Es un animal autóctono de América del Sur que ha habitado las cuencas del Orinoco y del Amazonas desde hace millones de años.

Evidencias científicas e históricas:

  • Origen evolutivo y registro fósil:
    • El chigüiro (Hydrochoerus hydrochaeris) pertenece al grupo de los roedores caviomorfos, los cuales evolucionaron de manera aislada exclusivamente en el continente sudamericano desde el Cenozoico.
    • Los fósiles de sus ancestros directos (la subfamilia Hydrochoerinae) datan del Plioceno superior en América del Sur. No existen fósiles ni registros históricos antiguos de esta especie en Europa, Asia u África.

Evidencia en las Crónicas de Indias:

El chigüiro ha estado en los Llanos de forma continua mucho antes de la llegada de los europeos, adaptado naturalmente a las sabanas inundables.

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